Era una noche tranquila, con poco tránsito. El otoño arrancaba las hojas amarillentas de los árboles, y las desparramaba por la vereda para que el viento jugara con ellas. Entre esa mezquina lluvia de hojas caminaba Álvaro. Regresaba a su hogar tras calentar el cuerpo con unas copas. Andaba con las manos en los bolsillos del abrigo, con la cabeza cubierta por un gorro de lana que bajaba hasta las cejas, y una bufanda que le cubría hasta la boca.
Como quien presiente algo, giró repentinamente la cabeza hacia una ventana, y quedó mirando directamente a unos ojos claros que se fijaron en los de él.
Por un fugaz instante, mucho más breve que un pestañeo, le pareció ver solamente dos ojos y la oscuridad de la casa como fondo; pero después de esa impresión lejanísima por breve, vio que eran parte del bello rostro de una joven, que lo miró sonriendo.
Como había volteado mientras caminaba, terminó de cruzar frente a la casa sin devolver la sonrisa, además, la primer impresión, la de los ojos sin rostro, le había conmocionado el espíritu, pues basta un pantallazo de algo aterrador para que en nuestra mente se dispare un alarma.
Unos pasos más adelante y ya se lamentaba por no haber sonreído al menos, pero como no era un hombre muy osado no quiso volver.
A la noche siguiente cruzó por el mismo lugar, casi a la misma hora, y no por casualidad, fue con la intención de verla de nuevo. Y allí estaba, tras el vidrio de la ventana, y sonreía igual que la noche anterior. Esta vez Álvaro sonrió también y saludó inclinando la cabeza, mas la muchacha no lo imitó, sólo lo siguió con la mirada de igual forma que la noche anterior.
Al sobrepasar la casa lo invadieron las dudas. Se alentaba y desalentaba a si mismo, consideraba una cosa, luego otra, después se decía que era un tonto, ¿por qué darle importancia?…
Al final decidió ahogar sus absurdas esperanzas, principalmente porque se acordó que la noche anterior había cruzado con el rostro casi completamente cubierto; si la muchacha le sonrió fue porque le sonreía a cualquiera, a todo el que pasara. Pero desengañado y todo, a la noche siguiente volvió a cruzar frente a la casa. Iba caminando lentamente, y al verla la observó con atención, y de repente se dio cuenta de algo. La expresión de la muchacha, el gesto de su cara, era exactamente igual al de las otras noches, era como si estuviera viendo una imagen repetida, y al detenerse comprobó que sus ojos no lo veían a él, ni a nadie, pues sólo era una aparición que todas las noches hacía lo mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario